Comunicación no violenta
Aprender el lenguaje
de la paz
por Ricardo Toledo *
¿Cómo
hacer para que la violencia no condicione mis pensamientos, palabras y acciones?
¿Cómo desmantelar el andamiaje de la violencia en mi mente, cuerpo y alma?
¿Cómo ser congruente con un ideal de paz, cuidado de la vida y no violencia?
Hace unos días tuve
un sueño «global». Muy significativo el sueño, aunque sólo se tratara de una
imagen y una idea. La imagen: el planeta Tierra visto a la distancia. La idea o
intención: «que la vida sea mejor sobre la Tierra». Desperté con la sensación de «¡qué claro!», «¡qué tarea tan
obvia!», y con un sentimiento de gratitud porque lo simple y lo diáfano del
sueño fue proporcional a su fuerza reveladora: tal como cuidarías tu pequeña
porción de jardín, echando mano de rastrillo, abono, regadera y dedicada
atención, recibiendo con alegría insectos, pájaros, sol y lluvia, ofreciendo
todos los cuidados y protección necesarios para que la vida pueda suceder y «florecer»
en esa porción de tierra... se necesita la misma actitud en relación a la vida
toda (humana y no humana) en nuestro querido y vapuleado planeta Azul.
Si bien la
presentación del sueño es simple, su realización es de gran complejidad. La
posibilidad de la vida en nuestra Tierra tiene muchas facetas y muchas
necesidades, algunas más urgentes que otras. Por ejemplo, hoy día, aunque no
seamos enteramente concientes, tal vez el cambio climático debería ocupar un
lugar prioritario en nuestras listas de preocupaciones. Allí también estarán de
manera interconectada: la pobreza, la marginación, la superpoblación, el
deterioro medioambiental, la extinción de especies de animales y plantas, la
concentración de la riqueza, el consumismo, la pérdida de valores, las
adicciones, etc. Y por supuesto: la violencia.
Una de mis
contribuciones al cuidado de este jardín ha venido siendo durante los últimos
años el cultivo de relaciones interpersonales pacíficas, la prevención y
resolución de conflictos y la promoción de la no-violencia y la compasión. Como
budista zen, es un gusto compartir estas reflexiones con mis hermanos
cristianos, con la intención de que sean una pequeña-pequeñísima contribución
al cuidado de la vida.
La violencia
La violencia
presenta una gran multiplicidad de rostros: guerras y destrucción masiva;
explotación social, económica, sexual y ecológica; delincuencia de todo tipo;
fundamentalismos y discriminación racial, religiosa, social y de género; maltrato
físico, psicológico y emocional hacia otros y hacia uno mismo...
Disponerse a
enfrentar e intentar cambiar este flagelo de la humanidad puede resultar
abrumador y desconcertante, y el pensar en tamaño desafío puede dejarnos paralizados.
Un punto de partida que ha sido de ayuda para mí, es la propuesta de Gandhi: «sé
tú mismo el cambio que quieres para el mundo». Es bastante claro que si no revisamos nuestra propia relación con
la violencia, nuestra acción para cambiar la situación de nuestro entorno podrá
estar teñida de ella, y nuestra intervención resultar más de lo mismo.
Mi propia violencia
tomó diferentes formas a lo largo de mi vida. Por ejemplo, temprano aprendí que
«para ser hombre» tenía que saber defenderme a las trompadas y desarrollar
destreza pugilística. «¿Cómo ser más fuerte y pelear mejor?», parecía ser la pregunta que había que
hacerse para satisfacer las necesidades de identidad, respeto, seguridad y
protección.
Luego adherí a otro
tipo de violencia, la que se ejerce con «nobleza», en nombre de valores como la
justicia y la libertad, tratando de escarmentar a los malos: castigando,
callando y/o «enseñando» a aquellos que actuaban de acuerdo a valores
diferentes de los míos. La militancia dentro de un sistema político partidista
sirvió muy bien para canalizar y reforzar este tipo de violencia dualista de «buenos
contra malos» y «acertados contra equivocados».
Ya con algo más de
trabajo personal descubrí la importancia de expresar los sentimientos con
franqueza y no callar broncas y desacuerdos. En nombre de la honestidad he
expresado mis enojos de una forma que lastimaba a las personas y dañaba incluso
vínculos muy queridos, algunos de manera irreparable. Mostré y dije lo que me
enojaba, pero la forma resultaba insatisfactoria pues —si bien satisfacía
mi necesidad de honestidad, expresión y salud— desatendía mi interés por
cuidar el vínculo y considerar al otro.
Finalmente pude
reconocer en mí un nivel más profundo y sutil de violencia: la no aceptación
del otro como un legítimo otro. Este nivel tal vez sea el más cercano a la raíz
misma de toda violencia y es el opuesto del amor, en sintonía con la definición
de Maturana que tanto me gusta: «amor es el reconocimiento del otro como un
legítimo otro en la convivencia». Este
punto en particular se me hizo claro al revisar mi relación con el género
femenino. Un paradigma jerárquico y patriarcal heredado estaba metido sutilmente
en mis huesos: «la mujer debe seguir al hombre» (para darme cuenta de esto me
ayudó grandemente el trabajo de Riane Eisler en su libro El Cáliz y la espada).
Y el proceso
continúa, tratando de volverme más y más conciente de cómo los venenos de la
codicia, el odio y la ignorancia están presentes en mí.
¿Cómo hacer entonces
para que esa violencia que desapruebo no se filtre y condicione mis
pensamientos, palabras y acciones? ¿Cómo desmantelar el andamiaje de la violencia
en mi mente, cuerpo y alma? En fin, ¿cómo ser congruente con este ideal de paz,
cuidado de la vida y no violencia? ¿Cómo serlo a través de mis diferentes roles,
tanto en mis tareas profesionales de consultor, instructor y coordinador en las
áreas social, educativa, religiosa y terapéutica, como en mis funciones de
padre, esposo y amigo?
El fundamento y la
respuesta integral a estas preguntas podría ser, sin lugar a dudas, el cultivo
de una mente calma, un corazón generoso, una presencia amorosa y una atención
que pueda ver los patrones habituales que generan sufrimiento. La práctica contemplativa
o meditativa de abismarse con cuerpo y alma, en quietud y silencio, entrando en
contacto con nuestra naturaleza más profunda, podría ser la vía para realizar
tal cultivo.
Sin embargo, sé por
experiencia personal que, «cuando las papas queman», cuando el torrente de
emociones y pensamientos corrosivos fue desatado, cuando nos encontramos
envueltos en un conflicto sin darnos cuenta de las causas ni de la manera de salir
de él, cuando estamos a punto de hacer algo que sabemos que más adelante lamentaremos,
pueden ser necesarias herramientas aún más concretas y precisas.
La herramienta
práctica que más me ilumina para comprender y desactivar los mecanismos de la
violencia viene siendo la propuesta de Marshall Rosenberg, que él llamó Comunicación No Violenta.
El propósito
Podemos elegir
cómo responder ante las distintas situaciones, independientemente de cómo
fuimos condicionados o educados para hacerlo, independientemente de lo que
parece querer imponerse como hábito de reacción y de lo que dicta nuestra
cultura. Esto es, justamente, responsabilidad:
la habilidad para responder.
La Comunicación No Violenta
(CNV) es un aprendizaje e implica bastante disciplina.
Esta reeducación nos hace desaprender nuestros modos insatisfactorios de pensamiento,
expresión y acción y nos permite vivir más de acuerdo con nuestros valores.
Cuando en situaciones conflictivas ponemos en práctica la propuesta de CNV es
sorprendente ver cómo, a la luz de este proceso, la mayoría de los conflictos
encierran un gran potencial de crecimiento para las personas involucradas y
propicia soluciones satisfactorias para todas las partes.
Sin embargo, nuestra respuesta habitual ante las situaciones que nos
disgustan, o preocupan, o exasperan, o asustan, o duelen suele ser toda una
gama de pensamientos o reacciones basadas en juicios, críticas, etiquetas,
condenas, acusaciones, amenazas, demandas, exigencias, quién tiene la razón,
quién tiene la culpa, quién merece el castigo, etc. Y a la hora de comunicarnos
desde esas actitudes, lo que solemos obtener es lo contrario de lo que
buscábamos: incomprensión, defensas, justificaciones, reproches, agresiones y
más juicios. Y si, por nuestra coerción o intimidación, la otra persona nos da
lo que buscamos, seguramente será por miedo, culpa o vergüenza, lo cual implica
un costo bastante alto para la autoestima de esa persona y para el vínculo que
se resiente, pues tarde o temprano esa persona nos mostrará que no está
dispuesta a seguir colaborando.
En definitiva, el
propósito último de la Comunicación No Violenta es que nos conectemos con
nosotros mismos y con los demás de una manera que haga aflorar el gusto humano
por cooperar y ser solidario, que ponga en movimiento nuestra predilección por
el entendimiento y el cuidado mutuo y nuestra tendencia más intrínseca a
encontrar modos constructivos y amorosos de convivencia. Mi colega Guillermo
Font, refiriéndose al tipo de conexión humana, reconciliación y sanación que
facilita la CNV, lo expresó muy bellamente: «es
como ver al otro y verse a uno mismo… con los ojos de Jesús». Y yo puedo entenderlo, pues con esa mirada compasiva rescatamos
la dignidad y la belleza de cada ser humano.
El método
¿Cómo realiza esto
la Comunicación No Violenta?
Nos invita a enfocar
nuestra atención en cuatro zonas de nuestra vivencia que, nos demos cuenta o
no, siempre suelen estar presentes.
1. Continuamente recibimos y observamos estímulos del entorno o del interior.
2. Algunos de ellos nos provocan sentimientos o reacciones emocionales.
3. Estos sentimientos, sensaciones físicas, emociones
o estados anímicos obedecen más a nuestras propias necesidades, valores y deseos
que al estímulo en sí mismo.
4. Cuando aparece una necesidad buscamos satisfacerla
por medio de alguna acción, algún ajuste o algún pedido.
Entonces, los cuatro
aspectos a tener en cuenta en la Comunicación No Violenta son:
1. Las observaciones
que hacemos de los estímulos, sin mezclarlas con nuestras evaluaciones.
2. Los sentimientos
que son desencadenados a partir de esos eventos.
3. Las necesidades
que, en verdad, son la causa de lo que sentimos.
4. Los pedidos
que quisiéramos hacer para que nuestra vida sea más satisfactoria o feliz.
La propuesta de la
CNV es expresar honesta y claramente estos cuatro aspectos, y también
considerarlos cuando escuchamos con empatía a las otras personas.
Como ejemplo
cotidiano podríamos tomar lo que una madre le dice a su hijo adolescente: «Ver
tus medias hechas un bollo debajo de la mesa y al lado del televisor me molesta,
porque estoy necesitando que haya orden en la casa que compartimos. ¿Podrías
recogerlas y ponerlas en el lavarropas?». Ella describe lo que ve, expresa lo
que siente, le dice cuál es su necesidad y le hace un pedido claro. No podemos
asegurar cuál será la reacción de su hijo, pues ésta también obedecerá a las
necesidades y deseos propios de él, pero sí podemos afirmar que el mensaje no
contiene juicios, críticas, amenazas o culpabilizaciones, lo cual despeja el
camino de posibles reacciones defensivas. La madre no dijo «¡Siempre el mismo
desordenado! Debería darte vergüenza ser tan desprolijo. Si no acomodás todo,
no salís con tus amigos». Obviamente,
de esta manera, si el hijo hiciera lo que le exigió la madre, será más por
temor al castigo que por una sincera disposición a cooperar.
Es muy importante
separar nuestras observaciones de nuestras evaluaciones y juicios, y solamente
describir lo que vemos u oímos desprovisto de crítica, diagnóstico o condena.
Al describir el hecho tal cual lo observamos («tus medias hechas un bollo debajo
de la mesa y al lado del televisor») no
dejamos lugar para ninguna discusión. Las infinitas diferencias vienen a partir
de nuestras evaluaciones («¡Siempre el mismo desordenado!»), pues éstas obedecen a las necesidades, valores y deseos de cada
uno. La CNV propone un lenguaje dinámico de proceso, enfocado en observaciones
específicas del momento y del contexto, y rechaza las generalizaciones
estáticas, que tienden a cristalizar y cosificar a la vida y a las personas,
que por naturaleza son cambiantes. Necesitamos reaprender cómo presentar los
hechos que nos afectan, de una manera más acorde a la proposición: «No juzguéis
y no seréis juzgados, porque tal como juzguéis a los demás, así seréis juzgados...».
Cada uno de los
componentes de la Comunicación No Violenta (observaciones, sentimientos,
necesidades y pedidos) requiere de una reeducación. Marshall Rosenberg habla de
la necesidad de una alfabetización emocional, que nos enseñe a reconocer los
sentimientos y necesidades propios y ajenos. Yo no he recibido una educación
que incluya a los sentimientos como algo valioso a ser tenido en cuenta y comprendido,
sino más bien todo lo contrario. Pero la vida emocional es justamente el regalo
de nuestra sabiduría biológica que nos habla de cómo van nuestra existencia y
nuestras necesidades. Cuando las necesidades no están satisfechas, nuestro
organismo hablará con sensaciones y sentimientos no agradables: frustración,
cansancio, dolor, tristeza, enojo, miedo, aburrimiento, confusión, etc. Cuando
las necesidades están satisfechas, los sentimientos serán placenteros:
tranquilidad, alivio, alegría, entusiasmo, gratitud, calidez y demás.
Pero los
sentimientos son sólo el «aroma», la «flor» es la necesidad. Hacia esa flor se
dirige la CNV en su quintaesencia: el jardín de necesidades universales y
legítimas en el cual podremos entendernos como seres humanos.
El corazón
La Comunicación No Violenta
nos sugiere que cualquier vivencia, expresión o conducta, más allá de la forma
en que se manifieste, se origina en una necesidad legítima. Algunas de esas
necesidades legítimas y universales son, por ejemplo: seguridad, apoyo,
libertad, respeto, reconocimiento, inclusión, cooperación, afecto, agua,
autonomía, alimento, celebración, vivienda, esparcimiento, justicia,
responsabilidad, igualdad, salud, protección, armonía, contribución, paz,
comunidad, juego, expresión, etc.
Es importante hacer
una distinción entre una necesidad y
la estrategia que utilizamos para
satisfacerla. Las necesidades son legítimas y conocidas por todos. No hay necesidades
buenas o malas. En cambio, las estrategias están ligadas a lo específico y particular:
acciones, personas o cosas. Para satisfacer una necesidad podemos elegir entre
una gran variedad de estrategias. Esa elección estará condicionada por las
preferencias, los sesgos culturales, las afinidades y los recursos. Es posible
que en el nivel de las estrategias se presenten las diferencias y los posibles
conflictos, pero no en el de las necesidades.
Cuando dudamos sobre
si algo es una necesidad o una estrategia, podemos preguntarnos: «¿Es esto
conocido y compartido por todos los seres humanos?». Por ejemplo, si alguien
tiene ganas de fumar, ¿es la necesidad de fumar algo que todos los seres humanos
compartimos? No. Entonces no se trata de una necesidad sino de una estrategia para
satisfacer alguna otra necesidad. ¿Cuál podrá ser esa necesidad? Esto dependerá
de cada caso particular. Por ejemplo, tal vez con el cigarrillo trate de
satisfacer una necesidad de distensión o de conexión o, si fuera un
adolescente, alguna necesidad de pertenencia («si no fumo me quedo afuera del
grupo»).
A veces elegimos una
estrategia que, si bien parece satisfacer alguna necesidad, termina resultando
muy costosa en otro sentido. Con el caso del cigarrillo, por ejemplo, la
necesidad de relajación se podrá satisfacer, pero la necesidad de salud no. Tomando
conciencia de la necesidad podemos encontrar una estrategia que realmente la
satisfaga, sin tener que atentar contra otra necesidad. Entonces, quien quiera
distenderse y, además, cuidar su
salud, a lo mejor puede cambiar el cigarrillo por un baño caliente, o un automasaje,
o una caminata por el parque, o jugar con los niños.
Rosenberg sostiene
que «la violencia es una expresión trágica de necesidades insatisfechas», y nos invita a enfocarnos en las
necesidades, buscando estrategias que sean satisfactorias sin un costo alto
para la vida.
Me gustaría pasar
del ejemplo simple del cigarrillo a uno más complejo, que de hecho ha implicado
grados altísimos de violencia, como ilustración de la posibilidad y la utilidad
de enfocarnos en las necesidades.
En una oportunidad,
Marshall Rosenberg fue mediador en un conflicto entre tribus en Nigeria. En una
población de 400 personas murieron 100 durante un año de enfrentamientos. Luego
de mucho trabajo, los jefes de las tribus aceptaron reunirse con él para buscar
una solución al conflicto. Rosenberg preguntó «¿Quién quiere hablar primero
para decir cuáles son sus necesidades en este conflicto? Luego de que cada uno
entienda las necesidades de los demás, buscaremos formas de satisfacer esas
necesidades». Las respuestas fueron,
gritándose unos a otros «¡Ustedes son unos asesinos!», y del otro lado «¡Ustedes
nos quieren dominar! ¡Eso no lo vamos a tolerar nunca más!». Ellos, como la
mayoría de nosotros, no sabían hablar de sus necesidades, sino sólo señalar lo
malo o errado en los otros. Rosenberg intentó conectar con las necesidades
subyacentes en la expresión de cada uno: «Jefe, ¿tiene usted una necesidad de
seguridad, y quisiera que los conflictos que se presenten se resolvieran sin
tener que recurrir a la violencia?», le preguntó al que había acusado a los
otros de asesinos. «Sí, por supuesto», respondió el hombre. Luego pidió a los
jefes del otro bando que dijeran las necesidades que acababan de escuchar que
tenían sus adversarios «para asegurarnos de que realmente nos estamos comunicando».
No pudieron hacerlo hasta después de varios intentos y con la ayuda del
mediador. Entonces Rosenberg dijo: «Gracias por escuchar que ellos tienen una
necesidad de seguridad. Ahora me gustaría escuchar cuáles son sus necesidades».
Entonces respondieron: «Ellos quieren someternos. Son un grupo dominante. Se
creen superiores». Luego de calmar la pelea que se desató con esto, nuevamente
intentó escuchar empáticamente las necesidades subyacentes: «Jefe, ¿lo que
usted quiere es igualdad? ¿Necesita usted sentir que realmente son tratados con
equidad en esta comunidad?». «Sí, eso es», fue la respuesta. El proceso se
revirtió, tratando de que ahora el otro jefe escuchara esta necesidad de
igualdad, lo cual también fue difícil y trabajoso. Ese día la reunión tomó un
par de horas. Ya con las necesidades puestas sobre la mesa y escuchadas por
todos, comenzó el proceso de resolución del conflicto. En su reporte, Rosenberg
escribió: «Estoy feliz de anunciar que aquel día el conflicto entre las dos
tribus terminó».
Conclusión
El entendimiento y
la paz pueden llegar cuando dejamos de vernos como enemigos y, a pesar de las
diferencias y los juicios que nos deshumanizan, nos conectamos como seres
humanos que tienen necesidades comunes y legítimas. Marshall Rosenberg habla de
inevitabilidad: cuando nos conectamos
escuchándonos mutuamente en el nivel de nuestros sentimientos y necesidades, es
inevitable que aparezca la
disposición a cooperar, buscar la armonía y atender al bienestar mutuo. Sea en
las relaciones íntimas, en el trabajo o entre grupos enfrentados, podemos
confiar en el poder de ese tipo de conexión interpersonal, cuando reconocemos
que, paradójicamente, el otro es un legítimo otro y, a su vez, no es otro que
yo mismo.
Al concluir estas
reflexiones, viene a mi mente un relato de la tradición judía jasídica,
extraído del libro El éxtasis y la vida
cotidiana, del maestro budista Jack Kornfield. Me gusta que cristianos,
judíos y budistas nos encontremos en este final como una expresión macroecuménica
de apertura, de inclusión, de enriquecimiento mutuo, de celebración de la
diversidad:
Un
viejo rabino jasídico pregunta a sus alumnos cómo pueden saber cuándo termina
la noche y comienza el día, pues ése es el momento de determinadas oraciones
sagradas. «¿Es», propone un estudiante, «cuando se ve a un animal a la
distancia y se sabe si es un perro o una oveja?». «No», respondió el rabino. «¿Es
cuando uno ve un árbol a la distancia y sabe si es una higuera o un peral?». «No»,
responde el rabino otra vez. «¿Entonces cuándo es?» preguntan los alumnos. «Es
cuando puedes mirar la cara de cualquier hombre o mujer y saber que son tu
hermano o tu hermana. Hasta ese momento es de noche».
* Ricardo Toledo vive en
Buenos Aires, es Consultor Psicológico (Counselor), Director de la Escuela
Humanística de Counseling Psicocorporal y profesor de cursos de
posgrado sobre Recursos Psicocorporales aplicados al Counseling. Durante
el año 2003 realizó una capacitación en Comunicación No Violenta (CNV) que
culminó con el International Intensive Training con Marshall Rosenberg,
creador de ese modelo de comunicación. A partir de 2004 es docente y
facilitador de cursos y espacios de aprendizaje de Comunicación Sin
Violencia. Junto a su esposa, Sonia Ortiz, son practicantes de budismo zen y responsables
del Grupo Zen Viento del Sur (Fundación Maitreya).